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Un sistema energético integrado: la clave para costos competitivos y seguridad energética en Ecuador.

  • Foto del escritor: Fernando Emanuele
    Fernando Emanuele
  • 18 feb
  • 4 Min. de lectura

Por: Fernando Emanuele



Ecuador y el falso dilema entre renovables y seguridad energética

En el debate energético ecuatoriano suele plantearse una disyuntiva simplista: o apostamos por renovables para reducir costos y emisiones, o aseguramos generación térmica para garantizar firmeza y estabilidad del sistema.

En realidad, el problema no es escoger entre fuentes. El desafío es diseñar un sistema energético integrado que aproveche las fortalezas de cada tecnología y reduzca las debilidades estructurales del sistema.

Un país que depende excesivamente de una sola fuente, sea hidro, térmica o solar, podría quedar expuesto. La verdadera competitividad no proviene de una tecnología dominante, sino de la combinación inteligente de todas las que permitan lograr un sistema eficiente y equilibrado pero, sobre todo, que asegure la disponibilidad de energía para el consumidor.

 

1. La lección de los últimos años: concentración no es resiliencia

Durante más de una década, Ecuador construyó una matriz con fuerte dependencia hidroeléctrica. Cuando las condiciones climáticas fueron favorables, el sistema mostró costos competitivos. Pero cuando la hidrología falló, el país enfrentó racionamientos, contrataciones de emergencia y presión sobre las tarifas.

Lo mismo ocurre en sistemas altamente térmicos dependientes de combustibles importados, donde los precios internacionales se trasladan directamente al consumidor. O, como en el caso de un país con un mercado de energía rígido, donde el traslado del costo al consumidor no es automático, se convierte en presión adicional a un déficit fiscal ya difícil de manejar.

Un sistema moderno debe combinar hidroeléctrica como base flexible, solar fotovoltaica de bajo costo marginal, eólica donde exista factor de planta competitivo, térmica eficiente (idealmente a gas natural) como respaldo estratégico y almacenamiento para suavizar la intermitencia. Lo importante es entender que no se trata de reemplazar una fuente de energía por otra, ni subvencionar de forma excesiva con favoritismo regulatorio a un sector específico, sino de complementar en base a la disponibilidad de recursos y las bondades de las que pueda aprovechar un país.

 

2. El verdadero objetivo: costo total del sistema, no costo por tecnología

Con frecuencia se analiza el LCOE (costo nivelado de energía) de cada fuente de manera aislada. La solar puede ser muy competitiva por MWh generado. La hidro puede tener bajos costos operativos. La térmica puede ser flexible. Pero el consumidor no paga el LCOE de una planta específica, sino más bien debemos pensar en que la única misión que debería tener el regulador es que el costo total del sistema sea el más eficiente posible donde se pueda asegurar la disponibilidad de energía a la demanda. En este caso, no podemos dejar de lado tampoco los otros elementos que constituyen la cadena de valor y el costo completo de cada kWh producido y entregado en el punto de consumo. Ese costo incluye generación, transmisión, distribución, reservas y capacidad firme.

Para poder optimizar los costos del sistema debemos pensar en cada uno de los eslabones de esa cadena. Por ejemplo, una matriz con alta penetración solar puede reducir el consumo de diésel en horas de radiación máxima, mientras la hidro actúa como batería natural, y la térmica se mantiene como respaldo en momentos críticos. El resultado no es solo menor emisión, sino menor volatilidad de costos.

 

3. Seguridad energética: más allá de la generación

La seguridad energética no se limita a tener suficiente capacidad instalada. En realidad, los reguladores y demás actores del sector deben pensar en la mejor forma de diversificar las fuentes primarias de energía, mientras reducen la dependencia de combustibles importados. Igual forma, no se puede pensar en el sistema de forma aislada de fenómenos climáticos extremos, y esto, en mi opinión, es uno de los factores que más incidirán en la planificación de los sistemas que realmente aseguren el abastecimiento de energía.

Ecuador, como país dolarizado, enfrenta un desafío adicional de no contar con una política monetaria que le permita absorber shocks externos mediante ajustes cambiarios. Cada crisis energética impacta directamente la balanza fiscal y la competitividad productiva. Un sistema integrado reduce esa exposición, pues cuando una fuente falla, otra puede compensar. Cuando el precio internacional del diésel sube, la solar y la hidro amortiguan el impacto. Eso es seguridad energética en términos reales.

Aquí es donde se vuelve extremadamente relevante incorporar el elemento más importante, especialmente si pensamos en el Ecuador como un país altamente regulado en los sectores estratégicos. Es justamente ese entorno regulatorio y una planificación adecuada los que pueden lograr un desarrollo que evite problemas en alguno de los eslabones de la cadena, como podrían ser congestión en redes de transmisión, sobreoferta en horas pico, exceso de cobertura de energía flexible (térmica) y sus costos derivados.

 

Conclusión: integración como política de Estado

Ecuador no necesita escoger entre renovables y térmicas, lo que el Ecuador necesita es un esquema integrado que considere todas las opciones posibles. El futuro energético competitivo no será el de una matriz dominada por una sola fuente, sino el de un sistema diversificado, flexible y financieramente sostenible. Es por esto que la integración energética debe convertirse en política de Estado, con una planificación que considere el largo plazo, en lugar de vivir apagando incendios. Con una regulación coherente y estable que incentive la inversión privada, no solo en generación sino a lo largo de todas las fases del proceso. Con un mercado de energía que permita que los contratos, tanto de demanda regulada como no regulada, sean aptos para financiamiento local y del exterior.

La seguridad energética, con costos competitivos, son una prioridad en una etapa de alta variabilidad climática, incertidumbre geopolítica y alta volatilidad de los precios de los componentes clave para el desarrollo de las distintas fuentes de energía. Y la única forma de mitigar esos riesgos es logrando entender cuál es el mejor diseño para el sistema energético ecuatoriano y ejecutarlo como política de largo plazo, de la mano de un regulador responsable y un sector privado comprometido.

 
 
 

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